Y... volvemos a la cargaaaa!!! Y hoy, con energías renovadas y en plena revolución primaveral.... OS comparto esta perla, este rayito de luz, este cóctel de sabiduría, profundo amor por las emociones humanas y sentido común aplastante, que nos regala, nuevamente, mi queridísima Maestra y amiga Sofía Pereira… que lo disfrutéis!!!
LOS CAMINOS DEL DOLOR
Le tenemos miedo al dolor, y por eso
huimos. Cuando sentimos que irrumpe en nuestras vidas, cuando nos parece que ya
nada es igual, que no estamos bien, es cuando buscamos ayuda, ya sea a través
de libros, amigos, consejos, terapias, o pastillas que anestesien un dolor que
no queremos experimentar. Y, sin embargo, es precisamente ese dolor quien, como
el mejor de los maestros, llega en el momento preciso para empujarnos fuera de
la zona de comodidad en la que nos habíamos instalado o, también, para sacarnos
de esa caja cerrada y limitada en la que nos fueron metiendo nuestros padres,
la educación recibida, la escuela, la cultura, las modas, las ideas
imperantes…., etc.
Instalados en el centro del huracán, lo que
queremos a toda costa es recuperar el estado que teníamos antes de este
malestar que ahora nos ahoga. Pero, volver al punto anterior es impedir nuestro
avance, porque el dolor llegó para indicarnos que estábamos transitando por
lugares que ya no nos correspondían, y así, impulsarnos a buscar otros caminos.
El dolor es como la fiebre: quema todo aquello que entró en el alma y que la
está dañando. El sentimiento de estar perdidos es precisamente el que nos
permite adentrarnos en esa situación para ver cuál es el cambio que nos está
reclamando.
Estamos mal cuando tenemos que seguir el
camino que otros han trazado para nosotros y que, al no ser el nuestro, nos
produce un gran sufrimiento, pues es una especie de cárcel en la que quedamos
atrapados sin apenas darnos cuenta, pero que poco a poco va minando nuestra
energía vital, llevándonos a una suerte de apatía sin horizonte.
Somos seres creativos. Ello implica que
tenemos que abrir nuestra propia senda, para lo cual, hemos de alejarnos de las
historias de nuestros antepasados, y
sanar las heridas que, por ignorancia, nos han infligido. La familia es un foco
de enfermedad o de salud. Si está enferma, contagia a todo el conjunto,
transmitiendo su enfermedad que viene dada por unas determinadas formas de
pensar, actuar y gestionar la vida. Algunos de sus miembros, que tienen una
personalidad más fuerte, consiguen enfrentarse y superarla, pero otros más
sensibles, si no encuentran la terapia o el terapeuta adecuado, pueden
sucumbir. En cualquier caso, es gracias a la terapia, a un trabajo de
consciencia o trabajo personal, que conseguimos modificar nuestra conducta y
nuestra forma de enfocar la vida para poder acceder a ella desde un lugar mucho
más genuino, más nuestro y, por tanto, más creativo.
La vida es como una gran función de teatro
en la que cada cual es el protagonista. Y todos aquellos que confluyen en
nuestra obra son personajes que vienen a plantearnos nuevos retos, nuevas
formas de relación, de encuentro, de solucionar los problemas; por lo tanto,
deberían ser bienvenidos. Las personas que más nos enseñan son, generalmente,
las que más nos hacen sufrir, pues gracias a ellas vamos a sacar de los
desvanes más ocultos de nuestro ser aquellas cualidades y capacidades que por
desconocidas, dormían bajo el polvo del olvido.
El dolor es un gran aliado de nuestra
sanación. Él es quien va a transformarnos, a sacudirnos sin compasión hasta que
nos atrevamos a mirar dentro y a enfrentar todo eso que no somos. Nos invita a
despojarnos de las vestiduras que no nos pertenecen, de las corazas y de las
armaduras con las que tratamos de protegernos. Para salir de una situación de
mucho sufrimiento hace falta valor, hace falta mirar el dolor, no evadirse, no
tomar pastillas que nos adormezcan, ni pretender regresar al punto de partida
porque eso es volver a unas actitudes que no son las que necesitamos en este
momento. La vida nos va poniendo distintos retos según las capacidades que
vamos adquiriendo, siempre con el objetivo de ayudarnos a seguir creciendo.
En vez de huir, podemos detenernos y
ahondar en nuestras emociones. Ellas son el termómetro del alma, las que nos
indican el camino. La tristeza quiere que miremos aquello que acogemos y que
nos perjudica; el miedo lo que nos encoge, y nos insta a traspasarlo para
encontrarnos con nuestro valor, con nuestra grandeza; el enojo nos permite
enfrentarnos a lo que desde fuera nos daña para que con su potente energía,
podamos alejarlo de nuestra vida. Ellas son quienes nos ayudan a modificar
nuestro punto de vista, a cambiar el lugar desde el que nos ubicamos para vivir
nuestra historia. Hemos de retomar la responsabilidad por nosotros mismos y no
dejar nuestra vida en manos de otros. Nuestra vida es lo único que tenemos, lo
más valioso. No podemos permitir que sean otros los que la dirijan, la
pisoteen, o la dañen.
Avanzar implica también no embarrarnos
buscando culpables. Nos han enseñado un mundo de víctimas y verdugos, pero los
únicos verdugos somos nosotros mismos. ¿Dónde buscar el origen? Nuestros padres
lo hicieron como pudieron. Seguramente los suyos lo gestionaron todavía peor, y
así tendríamos que remontarnos a una infinita cadena de errores. No hay
culpables. Solo existen seres que sufren por falta de amor, por ignorancia,
venganza, miedo, incomprensión. Y cuando esta verdad se enciende en el corazón,
cuando comprendemos que son precisamente esas personas que nos hicieron sufrir
las que más nos han ayudado a descubrir nuestros valores, nuestras capacidades,
nuestros talentos…, entonces la comprensión dará paso al agradecimiento, a la
aceptación y al amor.
AGRADECER todo lo que la vida nos brinda,
todas las experiencias, el dolor que nos ayuda a crecer.
ACEPTAR lo que llega a nosotros, sin
cuestionarlo, sabiendo que es precisamente eso lo que ahora necesitamos. Pretendemos
controlar todo en nuestra vida. No queremos que nada se mueva, que no nos falle
la pareja, ni el trabajo, ni los amigos, ni el dinero… Pero la vida es puro
descontrol: vientos que arrasan, tormentas, fríos invernales, intensos calores,
tsunamis, volcanes…, elementos que nos hacen movernos, que nos fuerzan a
transformarnos. Morir para vivir. Si no morimos a lo viejo, nunca podremos
alcanzar lo nuevo. Esta es la gran riqueza de la vida.
AMOR. El amor es lo contrario del miedo. El
miedo nos bloquea, nos paraliza y nos impide ser quien verdaderamente somos. El
amor es el que nos hace confiar y abrirnos,
el que nos mueve a buscarnos para encontrarnos, para descubrir quiénes
somos. El amor une. El miedo separa. El amor es la medicina del alma, el que
sana todas las heridas.
Buscamos el amor fuera, en los demás, cuando
la única forma de sanarnos es amarnos a nosotros mismos. Y solo podemos hacerlo
si nos aceptamos, si nos permitimos ser quienes somos, con nuestras grandezas y
nuestras miserias. Somos únicos, irrepetibles e irremplazables. No podemos
poner nuestra valoración en manos ajenas. Amarnos es sernos fieles, no
traicionarnos metiéndonos en situaciones que nos dañan. Hay que dejar atrás a
las personas que nos contaminan. Ahora tenemos la oportunidad de sanar las
heridas y de crear nuestra propia historia a partir de nosotros mismos, y no de
las herencias recibidas. La sanación consiste en romper la cadena de errores,
en detenernos y ver que somos diferentes, que tenemos el poder de cambiar, de
transmutar nuestro pasado, sin necesidad de repetir los modelos heredados. Cortar la cadena es liberarnos y liberar al
mismo tiempo a quienes nos sujetaron a ella, porque si no lo hacemos,
enfermaremos también a nuestros hijos, ya que es como una terrible epidemia
cuya única salvación está en el amor. Un amor que, ahora, solo cada uno puede
darse a sí mismo.
Cuando empezamos a amarnos, cuando nos
somos fieles, nos valoramos y dejamos de juzgar y de juzgarnos, podemos sentir
la liberación que nos concede el perdón, porque el perdón aparece cuando
comprendemos que todos aquellos que nos hicieron daño, han sido nuestros maestros,
pues nos ayudaron a encontrar las fuerzas interiores para cortar con esas
situaciones y poner los límites adecuados que nos permitieron recuperar la
dignidad y el respeto que merecemos.
La vida es una aventura, y si caminamos por
el sendero del amor, la gratitud y la aceptación, cada nueva prueba, cada nuevo
dolor los miraremos de manera diferente porque sabremos que vienen para enseñarnos
algo que nos permita quitarnos un velo más de los que aún ocultan muestro
verdadero rostro. Es entonces cuando una felicidad serena se instalará dentro, porque
la lucha por tener habrá dado paso al gozo de ser.
No vale con sentarnos a ver en la tele cómo
viven otros, o a sumergirnos en realidades virtuales en lugar de permanecer en
nuestra realidad y descubrir de qué somos capaces. Enfrentarnos a todos los
retos, ampliar nuestras limitaciones, buscar dentro de nosotros todas las
posibilidades que siempre han estado ahí,
y que solo pudimos encontrar gracias a las situaciones difíciles que
fuimos capaces de atravesar. Hemos vivido enfundados, auto protegiéndonos, pero
la vida nos pide salir a pecho abierto y descubrir, por el simple hecho de
vivirla, que estamos llenos de tesoros escondidos.
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